Josu Sorauren.
El 24 de Julio de 1512, el Duque de Alba, una vez saqueado el convento de Santa Eulalia, ocupó sus aposentos. El 25, a las nueve de la mañana, el alcalde Pedro Navaz y los regidores Pedro de Sarria y Martín de Jaureguizar entregaban la ciudad al Duque de Alba. Su petición, entre otras, la de ser considerados súbditos del “falsario”, que no vasallos, fueron desoídas.
Iruña, con escasa capacidad defensiva, veía con estupor y congoja el mayor ejército nunca antes contemplado, cercando la ciudad. Las tropas castellanas circundaban los barrios de la Merced, San Francisco, y diseminaban sus campamentos hasta los confines de la Taconera.
A los siete u ocho mil irunsemes, ante un ejército de cerca de 16.000 combatientes fuertemente armados y artillados, no les quedaba más alternativa que tragarse su orgullo, su impotencia y su humillación.
Luis Correa, testigo presencial al servicio de D. Gutierre de Padilla, gran Mayordomo de la orden de Calatrava, describe perfectamente el impacto de toda aquella avasalladora máquina de guerra. Y su relato es tan fidedigno –al margen de ciertas consideraciones propias de su fervor castellano- que hasta el propio padre Mariana reconoce su objetividad.
Evidentemente, el pueblo navarro nunca aceptó la conquista, bautizada perversamente como incorporación. No existe documento ni testimonio que atestigüe ningún tipo de incorporación voluntaria de Navarra, a las estructuras del estado español. Iruña y el resto del reino, como testimoniarán Rena, los sucesivos virreyes y gobernadores, nunca asumieron esta invasión. Décadas y siglos convulsos para arribar a este, nuestro presente convulso…
El reino de Navarra fue conquistado a sangre y fuego. Progresivamente se le negaron sus instituciones, su patrimonio cultural y la soberanía sobre sus recursos. Desde aquella fatídica fecha, jamás se le ha concedido al pueblo navarro la oportunidad de expresar libremente su voluntad soberana.
Pero no insistiré más en unos acontecimientos que, a las puertas del quinto centenario de la invasión, han de ser exhaustivamente comentados.
Fue basándose en el derecho de conquista como Castilla, y posteriormente España, amasó con sangre y exterminio –Canarias, América, Navarra, Aragón y Cataluña, etc.- su imperio.
Posteriormente, ignoró la voz de estos pueblos condenándoles al silencio. Era y es el estilo del imperio hacia Dios…
Hay unas consideraciones de Juan de Mariana que no me resisto a transcribir: “Los tiranos expulsan del reino a los mejores con la excusa de que ha de rebajarse a cualquiera que destaque del resto –no es otra cosa lo que en 1512 se hizo con el Mariscal Pedro de Navarra, los Jaso, los Belaz Medrano…-. Los tiranos dejan exhausto al pueblo para que no pueda reunirse, exigiendo casi a diario nuevos tributos, promoviendo disputas entre los ciudadanos y empalmando el fin de una guerra con el comienzo de otra. Prohíben que los ciudadanos se reúnan o formen asambleas o discutan en común los asuntos del reino, arrebatándoles con métodos propios de la policía secreta, la ocasión misma de hablar o escuchar con libertad”.
Estas reflexiones hacía el docto jesuita a finales del s. XVI, pero perfectamente, sin cambiar un ápice, podrían aplicarse a la política que el estado español ejerció y ejerce contra Euskalherria.
Otros humanistas, como el también jesuita Francisco Suárez o los dominicos Bartolomé de las Casas y Francisco de Vitoria fueron testigos de los desmanes del imperio. Ambos condenaron tanto sus genocidios y tropelías, como el inhumano derecho de conquista.
Mucho ha llovido desde aquellos nefastos obscurantismos. Humanismo, renacimiento, ilustración, marxismo… hasta llegar a la “Declaración universal de los derechos humanos”. Y sin embargo, las tácticas, los métodos y la política del estado español no parecen haberse alterado. España, ni por cultura, ni por tradición, ha mostrado al mundo un rostro democrático.
No es otra la denuncia que anida en el corazón de muchos vascos contra todos los desafueros que a partir de aquel malhadado 25-VII-1512 –digamos más propiamente desde comienzos del s. XIII-, han atormentado a Navarra y a Vasconia en general. Denuncias así mismo compartidas por numerosos organismos internacionales, que España escandalosamente decide ignorar.
Pero no parece que el estado español se resienta o se escandalice por esta historia de barbarie. Mas bien la negará, la manipulará o la olvidará, con la complicidad de muchos navarros traidores, vendepatrias, o seres desnaturalizados, comprados por el invasor. Algo que en la DUDH se denuncia explícitamente: “utilizar a políticos locales corrompidos…”
Para más INRI, incorporados violentamente al imperio, nos hicieron a los vascos cómplices de sus desmanes.
Qué vergüenza cuando te paseas por Sudamérica y te empluman el sambenito de español. El sambenito del genocidio, de las inquisiciones, del racismo, del imperialismo y de tantos denigrantes ismos. Les puedes decir que tú no eres español y que maldices las múltiples huellas del imperio. ¿Qué más da? Su mirada reticente no parece querer entenderlo. Español, gallego, catalán, vasco… para la gran mayoría, españoles. Es la cultura que fraudulentamente les transmitieron con la cruz y la espada.
Y en esos momentos ¡cómo se te acrecienta la náusea de verte obligado a parecer lo que por tantos medios has tratado de evitar! Los españoles decidieron por ti, tu DNI y tu pasaporte… Despreciaron tu voluntad con la ley de sus armas.
1200, 1512, 1842, 2012, ocho siglos de conflicto.
El primer paso que debe dar España, el día que sinceramente quiera solucionar el conflicto vasco, es reconocer su desastrosa política secular. Estaría bien que quien generó el conflicto y la violencia diera el primer paso.
Pero no parece sencilla tarea para un país que nunca se disculpó por sus genocidios ni por el odio que desencadenó en sus colonias. No abandonó discretamente las tierras usurpadas, lo expulsaron con oprobio…
España ha conseguido que en el corazón de muchos navarros se instale la indiferencia y el desinterés por nuestra cultura e historia. A los que mantenemos encendida la llama y la ilusión de que algún día podamos recuperar la soberanía de nuestras instituciones, nos desborda la tarea. Los recursos, la resolución y la intemperancia de nuestros oponentes hoy por hoy, se muestra arrogante e ilimitada.
Y sin embargo mantenemos la esperanza e incluso intuimos que en la actual coyuntura, esto puede cambiar. ”Eppur si muove”.
Eso sería más factible el día en que la mayoría de los navarros recuperaran el espíritu y el mensaje de los infanzones de Obanos: “Pro libertate patria, gens libera state”




























Iruñea: 25-VII-1512

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El 24 de Julio de 1512, el Duque de Alba, una vez saqueado el convento de Santa Eulalia, ocupó sus aposentos. El 25, a las nueve de la mañana, el alcalde Pedro Navaz y los regidores Pedro de Sarria y Martín de Jaureguizar entregaban la ciudad al Duque de Alba. Su petición, entre otras, la de ser considerados súbditos del “falsario”, que no vasallos, fueron desoídas.
Iruña, con escasa capacidad defensiva, veía con estupor y congoja el mayor ejército nunca antes contemplado, cercando la ciudad. Las tropas castellanas circundaban los barrios de la Merced, San Francisco, y diseminaban sus campamentos hasta los confines de la Taconera.
A los siete u ocho mil irusemes, ante un ejército de cerca de 16.000 combatientes fuertemente armados y artillados, no les quedaba más alternativa que tragarse su orgullo, su impotencia y su humillación.
Luis Correa, testigo presencial al servicio de D. Gutierre de Padilla, gran Mayordomo de la orden de Calatrava, describe perfectamente el impacto de toda aquella avasalladora máquina de guerra. Y su relato es tan fidedigno –al margen de ciertas consideraciones propias de su fervor castellano- que hasta el propio padre Mariana reconoce su objetividad.
Evidentemente, el pueblo navarro nunca aceptó la conquista, bautizada perversamente como incorporación. No existe documento ni testimonio que atestigüe ningún tipo de incorporación voluntaria de Navarra, a las estructuras del estado español. Iruña y el resto del reino, como testimoniarán Rena, los sucesivos virreyes y gobernadores, nunca asumieron esta invasión. Décadas y siglos convulsos para arribar a este, nuestro presente convulso…
El reino de Navarra fue conquistado a sangre y fuego. Progresivamente se le negaron sus instituciones, su patrimonio cultural y la soberanía sobre sus recursos. Desde aquella fatídica fecha, jamás se le ha concedido al pueblo navarro la oportunidad de expresar libremente su voluntad soberana.
Pero no insistiré más en unos acontecimientos que, a las puertas del quinto centenario de la invasión, han de ser exhaustivamente comentados.
Fue basándose en el derecho de conquista como Castilla, y posteriormente España, amasó con sangre y exterminio –Canarias, América, Navarra, Aragón y Cataluña, etc.- su imperio.
Posteriormente, ignoró la voz de estos pueblos condenándoles al silencio. Era y es el estilo del imperio hacia Dios…
Hay unas consideraciones de Juan de Mariana que no me resisto a transcribir: “Los tiranos expulsan del reino a los mejores con la excusa de que ha de rebajarse a cualquiera que destaque del resto –no es otra cosa lo que en 1512 se hizo con el Mariscal Pedro de Navarra, los Jaso, los Belaz Medrano…-. Los tiranos dejan exhausto al pueblo para que no pueda reunirse, exigiendo casi a diario nuevos tributos, promoviendo disputas entre los ciudadanos y empalmando el fin de una guerra con el comienzo de otra. Prohíben que los ciudadanos se reúnan o formen asambleas o discutan en común los asuntos del reino, arrebatándoles con métodos propios de la policía secreta, la ocasión misma de hablar o escuchar con libertad”.
Estas reflexiones hacía el docto jesuita a finales del s. XVI, pero perfectamente, sin cambiar un ápice, podrían aplicarse a la política que el estado español ejerció y ejerce contra Euskalherria.
Otros humanistas, como el también jesuita Francisco Suárez o los dominicos Bartolomé de las Casas y Francisco de Vitoria fueron testigos de los desmanes del imperio. Ambos condenaron tanto sus genocidios y tropelías, como el inhumano derecho de conquista.
Mucho ha llovido desde aquellos nefastos obscurantismos. Humanismo, renacimiento, ilustración, marxismo… hasta llegar a la “Declaración universal de los derechos humanos”. Y sin embargo, las tácticas, los métodos y la política del estado español no parecen haberse alterado. España, ni por cultura, ni por tradición, ha mostrado al mundo un rostro democrático.
No es otra la denuncia que anida en el corazón de muchos vascos contra todos los desafueros que a partir de aquel malhadado 25-VII-1512 –digamos más propiamente desde comienzos del s. XIII-, han atormentado a Navarra y a Vasconia en general. Denuncias así mismo compartidas por numerosos organismos internacionales, que España escandalosamente decide ignorar.
Pero no parece que el estado español se resienta o se escandalice por esta historia de barbarie. Mas bien la negará, la manipulará o la olvidará, con la complicidad de muchos navarros traidores, vendepatrias, o seres desnaturalizados, comprados por el invasor. Algo que en la DUDH se denuncia explícitamente: “utilizar a políticos locales corrompidos…”
Para más INRI, incorporados violentamente al imperio, nos hicieron a los vascos cómplices de sus desmanes.
Qué vergüenza cuando te paseas por Sudamérica y te empluman el sambenito de español. El sambenito del genocidio, de las inquisiciones, del racismo, del imperialismo y de tantos denigrantes ismos. Les puedes decir que tú no eres español y que maldices las múltiples huellas del imperio. ¿Qué más da? Su mirada reticente no parece querer entenderlo. Español, gallego, catalán, vasco… para la gran mayoría, españoles. Es la cultura que fraudulentamente les transmitieron con la cruz y la espada.
Y en esos momentos ¡cómo se te acrecienta la náusea de verte obligado a parecer lo que por tantos medios has tratado de evitar! Los españoles decidieron por ti, tu DNI y tu pasaporte… Despreciaron tu voluntad con la ley de sus armas.
1200, 1512, 1842, 2012, ocho siglos de conflicto.
El primer paso que debe dar España, el día que sinceramente quiera solucionar el conflicto vasco, es reconocer su desastrosa política secular. Estaría bien que quien generó el conflicto y la violencia diera el primer paso.
Pero no parece sencilla tarea para un país que nunca se disculpó por sus genocidios ni por el odio que desencadenó en sus colonias. No abandonó discretamente las tierras usurpadas, lo expulsaron con oprobio…
España ha conseguido que en el corazón de muchos navarros se instale la indiferencia y el desinterés por nuestra cultura e historia. A los que mantenemos encendida la llama y la ilusión de que algún día podamos recuperar la soberanía de nuestras instituciones, nos desborda la tarea. Los recursos, la resolución y la intemperancia de nuestros oponentes hoy por hoy, se muestra arrogante e ilimitada.
Y sin embargo mantenemos la esperanza e incluso intuimos que en la actual coyuntura, esto puede cambiar. ”Eppur si muove”.
Eso sería más factible el día en que la mayoría de los navarros recuperaran el espíritu y el mensaje de los infanzones de Obanos: “Pro libertate patria, gens libera state”