AFRANCESADOS

Idoia Estornes Lasa

Surge este nombre, en su acepción histórica actual, al sobrevenir, en 1808, la invasión napoleónica de la península. Denomínanse tales a las personas afectas a los ideales propagados por la Revolución y, en especial, a la persona de José Bonaparte. En nuestro país se pueden rastrear antecedentes intelectuales y políticos de "afrancesamiento" desde el siglo XVIII. Las ideas del Enciclopedismo toman cuerpo en el núcleo fundador del Real Seminario de Vergara y de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País constituido por las personalidades europeístas del Conde de Peñaflorida, Marqués de Narros y Altuna.

Antecedente político pro-francés, si no "afrancesado", lo constituye la adhesión vasca a la causa de Felipe V durante la invasión del Duque de Berwick en 1719; el advenimiento de los Borbones supone para Navarra una verdadera restauración ya que Felipe es descendiente de los reyes navarros destronados en 1512. El término "afrancesamiento" va profundamente ligado también a las corrientes económicas de la Ilustración y la Revolución, y por tanto a todo aquello relacionado con la política económica foral. Los fueros garantizaban la exención aduanera y el libre comercio exterior.

En el interior, un libre comercio atenuado se manifiesta por un proteccionismo local ejercido por los municipios o las Juntas Generales de la provincia que velan por la mantención de la baratura de los precios restringiendo la especulación comercial. En el siglo XVIII, la situación social del campo vasco es mala. Cuatro quintas partes del campesinado de Gipuzkoa. son sólo inquilinos de sus tierras por las que tienen que pagar rentas. Añádase a esto, una época prolongada de malas cosechas y la crisis de las ferrerías.

El comercio de abastos está intervenido por las villas cuyo gobierno no corre ya a cargo del concejo abierto que ha sido sustituido por el cerrado. De ahí los descontentos de 1718, 1739 y 1766. Las tendencias mercantilistas -tutela estatal a las empresas mercantiles que se con sideran más importantes que la agricultura, proteccionismo de la producción mediante una política arancelaria- son generales en la Europa del siglo XVII y XVIII. Con ellas simpatizan los primeros "afrancesados", los Caballeritos de Azcoitia que desearían ver trasladarse las aduanas al Bidasoa. Otra corriente cara a la mayoría de estos ilustrados es el movimiento fisiocrático. A pesar de la buena voluntad de los Caballeritos, la fisiocracia amenaza a la economía campesina vasca al propugnar la desaparición del proteccionismo foral en aras de un absoluto libre comercio de los productos agrícolas.

Lo que en las zonas trigueras ricas podría ser beneficioso, resultó ser un desastre (Pragmática de 1767 aprobada por las Juntas) y origen de subida de precios. De ahí el apego foral del campesino vasco que vio en los fueros la gran garantía dentro de una existencia precaria; una libertad de comercio atemperada por sus propias leyes. Frente a él, la burguesía de las villas, temerosa de la libre competencia con el extranjero, prefiere un proteccionismo que tiende a la reforma si no a la supresión abierta de los fueros. He aquí el comienzo de una disyuntiva que habría de delimitar espectacularmente, al parecer de D. Ildefonso Gurruchaga, el campo carlista y liberal ya entrado el siglo XIX. Transcurrida esta primera ola de "afrancesamiento" ilustrado llegamos a la etapa de difusión de las ideas de 1789 con todos los atractivos aparejados a una revolución triunfante. Las minorías cultas del país siguen con apasionado interés las peripecias de la política francesa mientras las tierras cercanas a Laburdi y Benavarra acogen a los primeros aristócratas y clérigos refugiados. Al estallar la guerra de la Convención (1793-1795), surgen, entre otras, las figuras controvertidas de Joaquín de Barroeta y Aldámar, Francisco Alday, José Hilarión Romero, Domingo Adrián de Aguirre, F. Javier de Leizaur, José Caresse, José Antonio de Urrutia, José M.ª de Barroeta Zarauz y Aldámar, Domingo Arrondo, José Ignacio Lecuona, el sacerdote Diego Lazcano y sobre todo aquel personaje espectacular que fuera José Fernando de Echave. Todos estos "afrancesados" fueron protagonistas de los hechos acaecidos en Gipuzkoa. con la llegada de las tropas revolucionarias francesas, momento trascendental para la historia del país.

Simpatizantes de la Revolución, atraídos por los ideales de la República y la cultura enciclopedista, por un lado, deseosos, por otro, de conservar las libertades forales y garantizar el respeto de la religión católica mayoritaria, estos vascos se enfrentaron a la invasión con una solución política inviable: la incorporación de Gipuzkoa, como una provincia autónoma, a una Francia unitaria y laica que había abolido brutalmente los fueros de Laburdi, Baja Navarra. y Zub. desde los mismos comienzos de la Revolución (4 de agosto). El doloroso dilema de los hermanos laburdinos Garat fue un precedente que Echave no tuvo en cuenta tal vez y que situó a los "afrancesados" de Gipuzkoa, Bizkaia, Alava y Navarra. al borde de la guerra civil. Los núcleos de "afrancesados" chocaron con los realistas, con su propia conciencia foral y contra la intransigencia de los convencionales unitarios que rechazaron el artículo n.º 3 del proyecto de acuerdo con la República. En Gipuzkoa. funcionaron dos Juntas Generales antagónicas, la de Mondragón, defensora del orden tradicional, y la de Guetaria, encabezada por J. Fernando de Echave.

La Junta de Guernica (Bizkaia) se pronunció a favor de los primeros, la de Alava -más prudente- optó por retirarse a Burgos hasta el final de la contienda. Se ve claramente la diferencia campo-ciudad; Irún, San Sebastián, Fuenterrabía caen sin resistencia; Escoriaza, Arechavaleta, Motrico, etc, resisten al ejército convencional. Irún y San Sebastián serán en el siglo que va a iniciarse los principales focos del liberalismo. Sobre estos hechos, Godoy dio la siguiente explicación: "La ocupación de San Sebastián no fue un hecho de armas. El convencional Pinet consiguió seducir a ciertos habitantes de Gipuzkoa, prometiéndoles convertir la provincia en república independiente. Estos crédulos hombres entregaron la ciudad, a pesar de la buena voluntad de la guarnición, que habría deseado defenderla, para lo cual disponía de todos los medios, por lo menos durante mucho tiempo.

El alcalde Michelena, de infame memoria, y algunos notables de San Sebastián, fascinados por el deseo de una libertad quimérica, bien diferente de la que disfrutaban bajo la protección de sus antiguas leyes y privilegios, fueron infieles a la Patria". Luchando en primera fila contra los franceses vemos a Simón Bernardo de Zamacola, capitán de las milicias de la merindad de Arratia, promotor del movimiento llamado "zamacolista" contra los privilegios de la villa de Bilbao. La pugna entre el Señorío -tierra llana, campesinos, artesanos y ferrones, "jauntxos" rurales- y la Villa de Bilbao con su Consulado -burguesía comercial precapitalista, alianza de "jaunes y horteras" como la llamó un zamacolista llega a su punto culminante en 1804.

La villa de Bilbao tenía el monopolio exclusivo del comercio. Contra esta exclusiva, las Juntas de Guernica aprueban el proyecto de Zamacola, al que apoyaba Godoy, de constitución de un puerto libre, rival por tanto del de Bilbao, en Abando. Pero Zamacola comete un error de táctica, al presentar junto con este proyecto, otro por el que se adiestrarían las milicias locales a fin de evitar que se repitieran hechos como los de 1793-95. La burguesía de Bilbao aprovecha la ocasión para invocar un flagrante contrafuero y el motín -"zamacolada"-- no tarda en estallar.
El asunto de las milicias enmascara a los ojos de los amotinados los intereses de la villa -el puerto rival-. La inteligente visión de Zamacola, que quiso evitar la instalación de tropas extraforales desde Madrid, tropieza con la incomprensión de las masas en Deusto, Baracaldo y Dima, y con la hostilidad de los "jaunes y horteras" hacia los fueros protectores del libre comercio. En vísperas de la sacudida histórica de 1808, mientras el destino de Europa se halla pendiente de las tropas victoriosas de Napoleón, en el País Vasco comienzan, como hemos visto, a delimitarse poco a poco los futuros campos de acción.

¿Quiénes fueron los "afrancesados"? En un primer momento fueron, en su mayoría, mentalidades cultas partidarias de un nuevo ordenamiento de la sociedad guiada por la razón; es el movimiento ilustrado que preconiza la reforma "desde arriba", las normas modernas de higiene, la racionalización de los cultivos, la emancipación de la ciencia, y de la enseñanza de la misma, de la tutela de la Iglesia. Todo esto lo hallamos en los primeros ilustrados de Vergara. Asimiladas estas ideas, nos hallamos ante un segundo momento, un momento de revalorización de lo propio, del "buen salvaje" rousseauniano ("Peru Abarca" de Moguel), del euskera que conceptúan algunos como la primitiva lengua cántabra ("Apología de la lengua vascongada" de Astarloa).

Es un momento casi romántico que hiciera exclamar a Echave "'Viva la Convención nacional que ha humillado el crimen, hecho triunfar la virtud, devuelto al fiero cántabro guipuzcoano sus derechos primitivos" mientras esta misma Convención deportaba a los habitantes de las "comunas infames" de Laburdi, tal vez sin que él lo supiera. Estos "afrancesados" quieren la abolición de los privilegios señoriales y eclesiásticos pero no los del pueblo cuya encarnación ven en los fueros.

En una tercera etapa, desaparecen estos escrúpulos en gran parte; hay un sector minoritario del país que ve con simpatía, si no la supresión, al menos la reforma de los fueros. Estos nuevos "afrancesados" se hallan en las ciudades, sobre todo en Irún, San Sebastián y Bilbao cuyas diputaciones aclamarán a José I. A la asamblea constituyente de Bayona acuden, en 1808, los representantes vascos, José M.ª de Lardizabal y Oriar por Gipuzkoa, Juan José M.ª de Yandiola por Vizcaya, el marqués de Monte Hermoso por Alava. Navarra envía también sus dos representantes, así como el consulado de Bilbao que delega a José Mazarredo.

Estos representantes argumentan en vano a favor de la conservación de los fueros. Napoleón desecha el proyecto vago de Garat -formación de la "Nueva Fenicia" con "Nueva Sidón" aglutinando al País Vasco peninsular y "Nueva Tiro" para el continental- y el 7 de julio se firma por parte vasca el artículo 144 que define como fueros particulares los de Alava, Navarra, Vizcaya y Guip, fueros que habían de ser examinados en la primera sesión de las Cortes que se celebrase a fin de disponer lo conveniente sobre ellos.
Junto a este artículo había disposiciones caras a los "afrancesados" tales como las que abolían los privilegios onerosos, las que suprimían el tormento, las que estatuían que los juicios criminales habían de ser públicos, las que limitaban los mayorazgos, etc.

La actitud de la mayoría de la población es, sin embargo, diferente y en ella pueden advertirse las divisiones internas del país que ya hemos expuesto. La Diputación navarra jura fidelidad a José I en el mismo Irún. Lo mismo hace la municipalidad de San Sebastián a la llegada del monarca. Las Juntas de Gipuzkoa, remisas, piden moratorias para la proclamación de José I. En Vergara -núcleo tradicionalmente "afrancesado"juran fidelidad a José los profesores del Seminario y el ayuntamiento.

En Alava el rey es recibido por Miguel Ricardo de Alava pero su proclamación se efectúa bajo coacción. Las masas ya conocen el artículo 144 y ven amenazados sus fueros. Comienzan los levantamientos populares con visos de guerra civil. Hubo amotinamientos en Tolosa. Egoaguirre y Gil reúnen partidas en Navarra. Los acontecimientos más graves se desarrollan sin embargo en Bilbao y Bermeo. En el primero, grupos de vecinos arrestan a los "afrancesados", a la Diputación General y a los zamacolistas, estando estos últimos dispuestos a incorporarse a la República siempre que se garantizaran los fueros. Se forma una Junta Gubernativa que proclama a Fernando VII como señor de Bizkaia. y organiza la resistencia. Abando, Baracaldo y Begoña siguen los mismos pasos. Los municipios de la provincia, partidarios de un momento de calma y de reflexión, son sobrepasados por los acontecimientos.

En Bermeo, habiendo convenido la municipalidad organizar el servicio terrestre, el pueblo, que simpatiza con los franceses, se subleva, saquea la casa consistorial y persigue a los municipales que tienen que escapar hasta por los tejados. Mientras tanto, dos "afrancesados" que habían tomado parte activa en la "zamacolada" contra la instalación del puerto franco de Abando, figuran en el gabinete de José I. Se trata de José Mazarredo, representante en Bayona del Consulado de Bilbao, nombrado Ministro de Marina, y de Mariano Luis de Urquijo, erudito admirador de la cultura francesa al que Menéndez Pelayo llama "perverso y galicista escritor, con alardes de incrédulo y aun de republicano" que recibe el importante cargo de Secretario de Estado.

La actitud de Urquijo ante los fueros quedó de manifiesto en el informe presentado ante la asamblea de Bayona: "Como la constitución debe de declarar la igualdad de pesos y medidas, es bueno observar que las tres provincias de Bizkaia. y el reino de Navarra, son la puerta y seguridad de España, y estas provincias han sido felices porque no entraban en los bienes de mano muerta y tenían privilegios que favorecían la división de la propiedad. Si a estas provincias se las pone al nivel de las demás hay que temer alguna agitación. siglo M. verá en su sabiduría si se las puede dar alguna compensación en la Constitución".

Las tropas de José I ocupan Bilbao y convocan Juntas Generales presididas por Mazarredo. Asisten a ellas veintiuna villas, setenta y dos ante-iglesias y veintiún valles y lugares del Duranguesado, Orozco y las Encartaciones, faltando los representantes de Lanestosa, Gordejuela, Tres Concejos, Baquio y Trucíos. Se crea un organismo para avituallar a las tropas francesas, una fuerza armada y se jura lealtad a José I como señor de Vizcaya. La serie .de contrafueros -convocatoria en Bilbao y no en Guernica, presencia de Mazarredo, etc. se agrava con la llegada de Napoleón I a la península.
Se suprimen las Juntas y Diputaciones, se nombra al general Avril gobernador general de Bizkaia, se eliminan las aduanas del Ebro y se establece la de Bilbao tan deseada por los comerciantes proteccionistas de la Villa. De aquí en adelante un mismo descontento identifica en la mente popular al invasor francés y al vasco "afrancesado".

Tocado en este punto esencial, el pueblo reaccionó -según carta de Miguel de Azanza a Mariano Luis de Urquijo- "en una revolución completa". Las Cortes de Cádiz tratan de canalizar este descontento dando a su propia supresión de los fueros un cierto aire de constitucionalismo histórico que no choque en apariencia con las libertades forales pero la escisión entre burguesía urbana -liberal- y la masa popular -fuerista y, más tarde, carlista- ya se había producido. Fallando el concurso de Napoleón al tener éste que retirarse, los sectores comerciales de las grandes villas, "afrancesados" de circunstancia, vuelven sus ojos al liberalismo de la península mientras el pueblo ve en Fernando VII y, más tarde en el pretendiente carlista, la única posibilidad de conservar sus fueros.